Friday, 7 May 2010

La tarde caía en el huerto y el olor dulce a melocotones podridos se mezclaba con el sonido de las chicharras. Se acercó a uno de los árboles para coger un poco de resina del tronco y entonces vio el suelo lleno de melocotones. El olor, el color, la textura de los melocotones podridos en el suelo, abiertos, pisados, rajados y esponjosos... mezclados con pequeños terrones de tierra, grama seca y gomas de goteos...

Se quedó mirando un rato a la tierra salpicada de frutas y las acarició suavemente con la punta de los dedos.

La noche era igual de calurosa que el día aunque el olor a madreselvas, tierra mojada y jazmines la hacían más llevadera. Era un calor sensual que en torno a la madrugada se hacia tan agradable que el cerrar los ojos no era por sueño sino por placer y ya luego llegaba el sueño. Pero esa noche no podía dejar de pensar en los melocotones podridos que vio en el huerto esa mañana. No podía dejar de pensar en lo que vio aquella tarde.

¿Cómo una fruta tan perfecta podía acabar así?

La primera vez que tocó un melocotón le recordó a las piedras de arenisca del río. Se sentó en la cama. La suave piel de la fruta le recordó a la piel tibia de un muchacho; tersa, dura y llena de vida. Se llevó la fruta a la boca y respiró lentamente varias veces sobre la fruta hasta que templó la piel con su aliento... olía a tierra caliente mojada por la lluvia, a mujer joven, a sensualidad, a verano y al primer beso... Entonces quiso tenerlo y lo mordió despacio pero la carne dura de la fruta no le dejó arrancar el primer mordisco así que lo intentó una segunda vez pero con más pasión, con más fuerza así, sintiendo como el zumo le resbalaba por la barbilla y por el pecho sentía como ella lo miraba sentada desnuda en el arca dónde se guardaban las mantas de invierno.


Se puso las bermudas y buscó las chanclas entre la ropa de cama que había en el suelo pero volvió de nuevo a la cama llenándola toda del zumo de melocotón que tenia en su cuerpo. La tarde fue noche y la noche madrugada con el olor a madreselva y a jazmines y cerró los ojos por placer no por sueño. Sin haber dormido pero con la sensación de haber estado soñando se duchó, cogió la maleta y se fue a la estación de tren. No volvería allí hasta el verano siguiente.

A veces con una mano acercaba la rama y cogía la fruta otras graciosamente se ponía de puntillas y con apenas usando la yema de los dedos la arrancaba del árbol y la metía en el cubo de plástico. La grama y la hojarasca delataron su presencia y ella lo miró fijamente y luego le sonrió. Le hizo un gesto con la mano y él se acercó. Le puso un melocotón en la mano. "Me-lo-co-tón" le repitió varias veces, luego dijo algo más y lo miró fijamente de nuevo pero de una forma distinta. Repitió las palabras pero esta vez al oído y muy despacio. Más despacio en su cuello y luego lo susurró mientras sus labios tocaban los suyos.


Desde entonces el melocotón significó verano y sexo, amor, inocencia y olvido.


Regresó un año después y aquella tarde no podía dejar de pensar en los melocotones podridos que vio en el huerto esa mañana. Se levantó y, descalzo para no hacer ruido, se fue al huerto de nuevo. Se sentó cogió uno de los melocotones podridos entre sus manos y pensando en lo que fue y en lo que era ahora lloró toda la noche.

Su sonrisa encantadora ahora parecía encantada, dormida y de su caminar desequilibrado parecía que la salvaran hilos que de sus brazos salieran colgándola del cielo. "¿Cuánto había jugado Dios con ella?" pensó. Aquella chica que le dio aquel melocotón aquella tarde estaba llena de veneno, de miedos...de nada. Una mirada perdida y una sonrisa tierna y amarga llenaban ahora la cara que él miraba fascinado aquella vieja tarde mientras anochecía, mientras caía la madrugada y mientras amanecía. Ella lo miró desde lejos y lo reconoció pero su cansado cuerpo ni se molestó en mostrarlo. Le costó trabajo pero vio que era ella, miró varias veces de forma furtiva hasta que se acercaron más.

- Hola- dijo él. No sabía si sonreírle, decir algo más o seguir andando. Ella se paró y hizo el amago de hablar pero tenía la garganta demasiado seca. Tosió un poco y le dijo algo que él no entendió o que no quiso entender.

No, no podía ser, pero sin embargo lo era. Y ella seguía siendo al fin y al cabo Melocotón y seguía siendo Verano porque todo termina y el terminar también es.